Para joven de Miami activista del ‘Dream Act’, el sueño llega a su fin

Durante todo ese tiempo, Gómez mantuvo un promedio de A. Georgetown aumentó eventualmente su beca a una completa y le ofrecieron un estipendio adicional para vivir.
El Nuevo Herald | Septiembre 15 de 2013
KATHLEEN McGRORY
kmcgrory@MiamiHerald.com
KATHLEEN McGRORY The Miami Herald

Si alguna vez la Ley “Dream Act” tuvo un rostro público, ése era el de Juan Gómez.

Semanas después de su graduación en el 2007 de la secundaria Killian Senior, el adolescente indocumentado fue detenido por agentes de inmigración y casi lo deportan a su nativa Colombia. Sus condiscípulos lanzaron una campaña en los medios sociales de Internet para mantenerlo en el país, y los legisladores tomaron medidas sin precedentes para hacerlo posible.

Gómez ganó más tarde una beca completa para la Universidad Georgetown y consiguió un trabajo muy bien pagado con JPMorgan Chase en Nueva York. El contó su historia en el Capitolio para abogar por la Ley Dream Act, que brindaría a los jóvenes indocumentados una camino a la ciudadanía.

Pero la vía personal de Gómez llegó a un abrupto fin el mes pasado, luego que expiró su permiso de trabajo provisional y la solicitud que presentó para recibir uno nuevo se perdió en un diluvio de solicitudes similares de otros jóvenes inmigrantes.

Desempleado, y necesitado de mantener a sus padres, Gómez, de 24 años, no tuvo más remedio que abandonar Estados Unidos. En la actualidad, trabaja para una firma de inversiones en Sao Paulo, Brasil, con escasas posibilidades de regresar algún día a Estados Unidos.

Para Gómez, el Sueño Americano llegó a su fin.

Irónicamente, Gómez encontró el obstáculo luego que el presidente Barack Obama concedió una exención temporal de deportación y permisos de trabajo a jóvenes indocumentados que llegaron a este país como niños.

Más de 430,000 solicitudes se han aprobado desde que el programa, conocido como Deferred Action for Childhood Arrivals (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia), se lanzó en el 2012. Pero un número incalculable de otras solicitudes, incluyendo la presentada por Gómez, están empantanadas en una línea de solicitudes pendientes.

“Hay algunos jóvenes adultos que cumplen las condiciones y han estado esperando por nueve, 10 meses”, dijo Roberto Gonzales, un sociólogo de la Universidad de Harvard que estudia la nueva política. “Esta espera está perjudicando a muchos de ellos”.

Cheryl Little, director ejecutivo de Americans por Immigrant Justice (Estadounidenses por Justicia para los Inmigrantes), y abogado de Gómez en Miami, dijo que las demoras subrayan la necesidad de una amplia reforma migratoria.

“Hasta que el Congreso apruebe una desesperadamente necesitada reforma migratoria, muchos jóvenes no podrán lograr su pleno potencial”, dijo Little. “Algunos serán deportados. Otros, como Juan, se irán a países que los reciban. El resultado es una fuga colosal de cerebros que se van de Estados Unidos”.

Llegada a Nueva York

La odisea de Juan Gómez en el sistema migratorio de EEUU comenzó en 1990, cuando su familia llegó a la ciudad de Nueva York con una visa de turista de seis meses. Gómez tenía 2 años de edad. Su hermano Alex tenía 3.

El padre de los niños, Julio, solicitó asilo político, al decir que había sido víctima de la violencia en Colombia y que su hermano había sido asesinado por guerrilleros. Pero un juez de inmigración le negó la solicitud. La apelación con la Junta de Inmigración mantuvo el fallo en el 2002 y ordenó que la familia dejara el país.

Pero la familia ignoró la orden.

Durante esa época, la familia se había establecido en el sur de la Florida. Julio Gómez y su esposa, Liliana, tenían un pequeño negocio de comidas para actividades que se especializaba en fiestas.

Alex Gómez jugó football y era apreciado por sus compañeros. De carácter afable, Juan Gómez se destacó en sus estudios. Tomó 15 cursos avanzados en Killian Senior y se graduó como uno de los 20 mejores de los 780 estudiantes de su año.

Gómez sabía que él y los miembros de su familia eran indocumentados. Esa fue la razón por la cual no hizo una solicitud a la Universidad de Pennsylvania, su opción preferida para un college. Aún así, se sintió conmocionado cuando los funcionarios de inmigración llegaron a su casa antes del amanecer del 25 de julio del 2007 para deportar a toda su familia a Colombia.

Los hermanos Gómez no sabían casi nada sobre su país natal y hablaban poco español.

Mientras esperaban la deportación en un centro de detención de inmigrantes en el condado Broward, sus compañeros de estudios bombardearon los medios sociales de comunicación. La campaña hizo que la delegación al Congreso de Miami-Dade detuviera la deportación de la familia.

“Había un elemento de injusticia allí”, recordó el ex representante federal Lincoln Díaz-Balart, republicano por Miami, quien ayudó en el esfuerzo. “Siempre he creído que debes ser juzgado por tus propias decisiones. Sus decisiones fueron siempre trabajar duro, cumplir las leyes y enorgullecernos a todos”.

Poco después, el senador Chris Dodd, demócrata por Connecticut, dio el paso inusual de presentar un “proyecto privado de ley” que permitiera a Juan y Alex Gómez permanecer en el país hasta el 2009.

Se dio a los niños una primera cuerda salvavidas crítica. Pero no a los padres.

Julio y Liliana Gómez abordaron un avión para Bogotá el 30 de octubre del 2007, sin tener la seguridad de que volverían a ver a sus hijos. A la pareja se le prohibió regresar a Estados Unidos, y Juan y Alex Gómez no podían viajar fuera de Estados Unidos pendientes de su solicitud de inmigración.

Cambio de vida

La vida se volvió totalmente diferente cuando los hermanos adolescentes se quedaron solos.

Juan Gómez trabajó tantos turnos como fueran posibles en el Outback Steakhouse para pagar la renta, los víveres y su matrícula para el programa de honores en el Miami Dade College. El y Alex compartían un Nissan Sentra de 1993. Cuando el auto se descompuso, los hermanos iban caminando a su centro de estudios y sus trabajos.

“Estábamos malamente sobreviviendo”, dijo Gómez.

Un año después, llegaron buenas noticias de Washington: la Universidad Georgetown le ofrecía a Gómez una beca que cubría casi todos sus estudios y gastos de vida.

La madre de su mejor amigo lo llevó en su auto hasta el campus y decoró su dormitorio.

Antes de llegar a Washington, Gómez hizo algo de cabildeo para la Ley Dream Act. Pero el vivir en la capital —y ser parte de la comunidad de Georgetown — le dio un nuevo nivel de acceso al proceso político. Gómez cabildeó a favor de la legislación en reuniones con el líder de la mayoría en el Senado, Harry Reid, demócrata por Nevada, y el senador Robert Menéndez, demócrata por Nueva Jersey, y participó en debates en mesas redondas sobre la ley de inmigración.

Scott Fleming, el vicepresidente asociado para relaciones federales en Georgetown, dijo que Gómez sentía como una obligación el defender la causa.

“El tenía el beneficio de la legislación privada de inmigración, que lo protegían a él y a su hermano de la deportación mientras estaba pendiente la Ley Dream Act”, dijo Fleming. “El vio esto como una oportunidad. El sabía que podía ir allá afuera y hablar de la importancia de esta legislación sin poner en peligro su educación”.

Durante todo ese tiempo, Gómez mantuvo un promedio de A. Georgetown aumentó eventualmente su beca a una completa y le ofrecieron un estipendio adicional para vivir.

Para Gómez, Georgetown fue un momento estimulante. En un día inusualmente frío en enero del 2009, él y sus amigos estuvieron en el Paseo Nacional para observar la primera toma de posesión de Obama. Posteriormente, el “proyecto privado de ley” de Gómez se aprobó por segunda vez en el Congreso, lo que le permitió quedarse en el país hasta el 2011.

A pesar de ello, sentía el estrés de la deportación de sus padres.

“La parte más dura sobre ese tiempo fue el no ser capaz de ayudar a mis padres”, dijo Gómez. “Sabía que atravesaban momentos difíciles para encontrar trabajo. No sabía cuán malas estaban las cosas”.

Una vida dificil

El se enteró luego de que sus padres pasaron tres años sin electricidad ni agua corriente.

Gómez se esforzó en sus clases de negocios con la esperanza de conseguir un trabajo en Wall Street.

No le tomó mucho tiempo. El verano antes de su último año de universidad, él ganó un competitivo internado de verano de JPMorgan Chase en Nueva York. Recibió un estipendio de alrededor de $10,000.

“Fue mucho más dinero de lo que había ganado nunca antes”, dijo. “Evidentemente, con eso pude enviar una buena porción a mis padres”.

Al final de ese verano, la compañía le ofreció a Gómez un trabajo a tiempo completo en cuanto se graduara. Regresó a Georgetown para terminar su último año con un sentido renovado de alivio y optimismo en el futuro.

“Se me había quitado por completo un peso de encima”, dijo.

Gómez se graduó magna cum laude y se fue a vivir permanentemente a Nueva York. No quiso decir cuánto era su sueldo, pero era suficiente para alquilar un apartamento en Manhattan y enviar dinero a sus padres en Colombia. Pudo además comprar un Honda Civic nuevo para su hermano Alex, así como pagar la matrícula de Alex en el Miami Dade College.

Como su trabajo exigía trabajar muchas horas — a menudo de 9 a.m. a 3 a.m. — Gómez redujo sus esfuerzos de cabildeo.

Mientras tanto, la propuesta Ley Dream Act continuaba estancada en el Congreso. Pero, cuando se acercaba la elección presidencial del 2012, Obama ofreció un cambio sorpresa en la política de inmigración de Estados Unidos.

Usando sus propios poderes presidenciales, Obama ordenó la creación de un programa conocido como Deferred Action for Childhood Arrivals (DACA). No era la reforma permanente de inmigración que Gómez esperaba, pero le permitiría continuar viviendo y trabajando en Estados Unidos por otros dos años.

Gómez presentó su solicitud de DACA a fines de enero.

Su abogada dijo que le dijeron que el procesamiento demoraría tres meses porque Gómez ya tenía permiso de trabajo. Pero los tres meses pasaron, y nada.

En mayo, el permiso existente de trabajo de Gómez expiró. Fue puesto en licencia sin sueldo en JPMorgan Chase.

Pasaron semanas y luego meses sin un pago. Gómez continuó enviando dinero a sus padres en Colombia y su hermano en Miami.

“Yo estaba gastando todo mi dinero, y no tenía idea de si podría trabajar de nuevo”, dijo.

Cuando un reclutador de una firma brasileña de inversiones lo llamó, Gómez escuchó la oferta. La aceptó a fines de julio, y empacó sus pertenencias en agosto.

“Mi prioridad es mantener a mis padres”, dijo. “No puedo tener nada que se oponga a eso, ni siquiera el gobierno de Estados Unidos”.

Al ser contactada por The Miami Herald sobre la solicitud de Gómez, Ana Santiago, vocera del Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos (USCIS) dijo que no podía comentar sobre casos individuales. Ella dijo que las solicitudes de DACA toman en estos momentos seis meses de procesamiento.

Patrick Taurel, del Consejo de Inmigración de EEUU (American Immigration Council), grupo proinmigratorio de Washington, dijo que ha escuchado de varios casos que han estado pendientes durante nueve meses.

“Pero, en general, la agencia merece crédito por la velocidad a la que sacaron este programa”, dijo.

La gente de línea dura en cuanto a la inmigración opina que debería tomarles más tiempo.

“En cualquier caso, estas solicitudes están siendo procesadas demasiado rápido con demasiado poco escrutinio”, dijo Mark Krikorian, director ejecutivo del Centro de Estudios de Inmigración. “A muy pocas personas se les llega a entrevistar. Todo se hace por correo”.

Krikorian dijo que solamente se debería demorar una solicitud por nueve meses “si hubiera habido algo sospechoso”.

Pero la abogada de Gómez se siente todavía perpleja.

“No había razón alguna para pensar que él no iba a recibir su aprobación a tiempo, en un intervalo razonable”, dijo Little. “El era claramente elegible. El pagó sus tarifas, se presentó toda la documentación necesaria, y no hubo respuesta”.

Para Gómez, lo que le pagan en Sao Paulo es comparable con lo que ganaba en Nueva York. Pero la vida en la mayor ciudad de Brasil le ha resultado solitaria. Gómez no habla portugués. Extraña las comodidades de Miami y de Nueva York, y poder ver los juegos de los Green Bay Packers y los Yankees de Nueva York en la televisión.

Trata de no pensar en Estados Unidos, el país que para él es su hogar. Hasta venir de visita sería difícil. Los no ciudadanos que se quedan por más tiempo de lo que permite su visado pueden verse impedidos de regresar por 10 años.

No obstante, Gómez no se arrepiente de su decisión.

“Si no hubiera hecho esto, todavía estaría en Nueva York sin trabajo”, dijo. “Yo no tenía futuro en Estados Unidos”.

Lo único bueno ha sido la visita de sus padres la semana pasada. Fue la primera vez que pudo verlos desde el 2007.

La familia pasó la tarde del domingo en un parque público, paseando y recuperando el tiempo perdido.

Gómez dijo que había sido el día más feliz en más de seis años.
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